El huerto me enseñó que perseverar trae frutos tardíos

Hola, querido lector: te voy a contar la historia de mi huerto. El año pasado compré semillas de espinaca a mi amiga Guada. Empecé por lo fácil. Se dieron bien en tiestos sueltos, y decidí invertir en una mesa de cultivo de 180 x 80. Me fui a por algo más ambicioso: tomates. Quizá demasiado ambicioso. Los tomates son complicados. Pero me puse una meta muy muy bajita, sabiendo que todo esto era sólo para aprender. La humilde meta era cosechar 1 kg de tomates en toda la temporada (el verano… es un cultivo que muere con el frío y las heladas, y eso suele pasar en Madrid a partir de principios de noviembre.

El verano de 2015 vino muy caluroso y seco. En junio iba fenomenal la cosa, mis tomateras ya dando tomates rojos cuando las tomateras “de campo” acababan de nacer. Pero el calor hizo estragos y la “araña roja”, un ácaro que medra cuando hace tiempo cálido y seco, me machacó las plantas hasta lo indecible. Parecían casi muertas y no quise abandonarlas. En todo el verano cogí sólo 300 gramos… un 30% de mi objetivo. En agosto un familiar las vió y dijo “arráncalas, ya están muertas”. La meta estaba lejos y casi desesperé. Pero al final tuve fe… perseveré… y en este año tan anormalmente cálido, estuvieron criando tomates hasta diciembre, y esos han madurado en enero, con las plantas ya muertas. Ya voy por 1 kg 200 gramos 😉   A veces los frutos no llegan cuando esperas… pero, si perseveras, a veces llegan cuando ya no lo esperas…

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El mayor aprendizaje es ser padre es enseñar a otro a vivir

Si, como dice el gran Virginio Gallardo, los adultos aprendemos enseñando; y, si lo mejor sobre lo que se puede aprender es sobre la vida, entonces, enseñar a otro a vivir es el mejor aprendizaje que puede hacerse.

Y no hay mejor modo de enseñar a otro sobre la vida que ser padre. Porque a nadie vas a desearle con más intensidad el bien supremo que a tu propia descendencia. Tratas de evitarles tus padecimientos y tratas de que tengan una existencia mejor que la tuya, con una sinceridad que aplicas con menos reservas que a otras personas.

Por tanto, si quieres aprender -de verdad- sobre la vida y qué es la vida, enseña a otros a vivir. Ten hijos. Hasta que no los tengas, habrá una parte que te pierdas… nuestra poca humildad a veces nos impide reconocerlo. Y es muy difícil ponerse en la piel de otros sin conocer su experiencia. El día que tienes hijos, ese día, llegas a comprender muchas cosas de tus padres. Y de tus abuelos, y de los padres de tus abuelos…

“Si como más aprendemos enseñando, para aprender, enseña a vivir”.

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